martes, 7 de agosto de 2007

Nuevos retos para la sociología en nuestra ciudad

Hace poco más de dos décadas que la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez tuvo a bien abrir una nueva opción de estudio para la comunidad estudiantil de la ciudad. Al hacerlo no sólo amplió, como se dice hoy en día, su oferta académica. Le dio a la comunidad entera la posibilidad de generar sus propias reflexiones a través de las ya varias generaciones de sociólogos y sociólogas que se han titulado de esta carrera a lo largo de todos estos años.

No quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar que esa labor no hubiera sido posible, o por lo menos no de la manera en que se hizo, sin la dedicación de un grupo de maestros que se comprometieron para sacar adelante esas primeras generaciones de estudiantes entre los cuales me incluyo. Vaya pues un agradecimiento para “Toño” Muñoz, Víctor Quintana, el enorme maestro Federico Ferro Gay, la primera directora e impulsora de la carrera Carmen Benítez, Sergio Pacheco, David Mariscal, Hugo Almada, Benjamín Quezada y muchos otros que se fueron sumando al esfuerzo para consolidar la escuela de sociología, la cual no ha dejado de tener sus altibajos durante su breve historia. Algo importante, antes de pasar a otra cosa, muchos de esos maestros se convirtieron con el trato constante en nuestros amigos.

De aquellos ayeres en donde se nos intentó inculcar el compromiso social en un Juárez que ya para entonces era una ciudad compleja, hasta nuestros días que, igualmente, guardan sus complicaciones propias, mucha agua ha corrido. La escuela de sociología se ha reestructurado (para bien y para mal), ahora se maneja como programa; la ciudad ha pasado por momentos políticos álgidos, aunque tiende cada vez más a la fatiga electoral debido a la limitada alternativa que ofrece el bipartidismo arraigado en la región; se ha visto cómo ha aumentado aceleradamente la mancha urbana así como la población, pero con ello también el incremento de algunas de sus problemáticas más acuciantes. Y en los años recientes Juárez se ha convulsionado con la violencia y el estigma de ella producidos por el narcotráfico y los feminicidios (en un recuento apresurado como éste no da tiempo para hablar de los aspectos más sutiles del tejido social que son en buena medida el área de acción de la sociología).

Si bien los retos que presenta el panorama actual son grandes hay, después de dos décadas de existencia, mejores posibilidades de brindar respuestas más acabadas a tales problemáticas. Parecería el momento idóneo puesto que hoy se cuenta con mayor presencia de colegas en distintas esferas que van desde la labor educativa al ejercicio en el sector público o privado y la gestión social. Y cada vez se opta por alcanzar niveles más altos de preparación.

Con todo, no deja de sorprender el bajo perfil que le dan algunos sectores al sociólogo. Lo persigue el estereotipo del rollero, del rojillo, del que todo lo ve mal pero poco hace para remediarlo. Ante ello no queda más que redoblar el esfuerzo, continuar preparándose, no abandonar los ideales (palabra por demás devaluada en nuestros días), ni perder la mira del objetivo que significa lograr una sociedad más equitativa en todos los ordenes. Hace falta pues involucrarse aun más en los asuntos de la comunidad para tratar de borrar las falsas impresiones que se siguen cargando.

El espejo en que se convierte el quehacer del sociólogo hace que muchas de las veces no guste lo que refleja de la sociedad, pero de poco o de nada serviría un estudioso de la sociedad que fuera complaciente ante las desigualdades y desajustes que se presentan en su entorno. Si en el ADN del sociólogo está el ser crítico, los retos que demanda la sociedad en la que vivimos lo tienen que llevar a proponer alternativas viables para mejorarla.

P.D. Les debo la foto del recuerdo.
Miguel Ángel Martínez

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